Boletin # 52
La confianza se hace, no se nace con ella ni nadie más
puede dárnosla. Tampoco viene en pastillas, gotas ni jarabes. Nosotros mismos nos la vamos
construyendo cada vez que la vida nos pone algún desafío y decidimos afrontarlo, aun cuando esto
implique ir más allá de nuestra zona de confort. Hacer un poco más de lo que usualmente estamos
acostumbrados.
Podemos contribuir a avanzar en desarrollar una mayor confianza en nosotros
mismos identificando los pensamientos negativos que suelen venirnos cuando estamos frente a un nuevo
reto. Las voces del miedo, de la duda. Aprendiendo a reconocerlas, a saber que solo son eso:
pensamientos negativos, no necesariamente la verdad. Escribirlos y tenerlos presentes para no
dejarse confundir por ellos. Saber que es nuestra decisión prestarles atención o no, creerlos o no,
desecharlos o dejarse engañar por ellos.
También, podemos dejar de interpretar las
adversidades por las que atravesemos desde una posición de “víctimas”. Buscando culpables de
nuestras desgracias, llenándonos de ira y resentimiento.
Asumir en cambio, la total
responsabilidad por nuestra vida. Tomar conciencia de que nosotros somos los que decidimos como
interpretar las cosas que nos suceden, los responsables de cómo decidimos percibirlas y de lo que
decidimos hacer o no como consecuencia de esas percepciones.
La confianza en uno mismo
crece en la medida en que nos damos cuenta de que la vida no es simplemente algo que nos pasa, sino
el resultado de lo que vamos construyendo a partir de las decisiones que a cada momento vamos
tomando. Si, por ejemplo decidimos posponer enfrentar el reto de atrevernos a buscar una pareja y
para calmar nuestro temor, “nos tranquilizamos” diciéndonos a nosotros diciéndonos “todavía estoy
joven”, “aun hay mucho tiempo”, “luego pensaré en ello”, etc. estaremos haciendo mucho más probable
que al paso del tiempo, terminemos solos, lamentándonos de “nuestra mala suerte”, del “daño que nos
hicieron nuestros padres cuando éramos niños”, etc. sintiéndonos victimas, indefensos, impotentes,
resentidos y. peor aún, estancados sin alcanzar nuestros sueños.
Cuando aceptamos que la
vida que hemos estado viviendo, buena, mala o regular, ha sido el resultado de nuestras decisiones.
Cuando, a pesar del dolor que de momento podamos sentir, decidimos mirarnos al espejo y enfrentar al
responsable de lo que hoy tenemos. Cuando empezamos a reaccionar, a abrir bien los ojos y mirar las
muchas otras alternativas que podemos ahora escoger en lugar de vivir lo que ya no queremos,
entonces podemos decidir actuar de manera distinta. Dejar de esperar que alguien más cambie o haga
algo distinto para que nosotros podamos sentirnos felices. Nos volvemos entonces poderosos. Nos
llenamos de confianza porque nos hemos hecho responsables de nosotros mismos y de nuestra felicidad.